La vallisoletana Miriam Sánchez es uno de los once jóvenes voluntarios que estos días participan en las excavaciones arqueológicas del parque natural de Valderejo. «Todo va perfecto», dice la pucelana, impactada por el marco natural en el que trata de recuperar cabañas de pastores del siglo XVIII. «El entorno es precioso», comenta mientras señala a su alrededor. Ella y sus colegas llevan ya días subiendo a diario por la senda del río Purón-Coronas y por la de Lerón hasta dar con el yacimiento. «Tiene unas vistas que dan gusto», reconoce la joven. Allí, a unos 300 metros se yergue imponente un menhir de 5.000 años que ha sido recientemente reconstruido y que mide 3,75 metros y pesa alrededor de 1.300 kilos.
A Miriam y a otros dos compañeros les ha tocado excavar la parte exterior de la morada de los pastores. A otros, el interior del círculo de piedras que forma la cabaña. Y otros cuatro presencian una demostración de talla de sílex de la mano de una experta en el tema de la UPV. De los once voluntarios, tres son de Torduera, un pueblo situado en la provincia de Barcelona; dos de Valladolid; uno de Jaén y otro de Valencia. El resto, del País Vasco (Mendaro, Amurrio, Basauri y Portugalete). Tienen entre 18 y 30 años y participan en un campo de trabajo organizado por la Diputación alavesa y la Obra Social de La Caixa.
«No es la primera vez que tengo una experiencia de arqueología porque estudié Historia. En otro proyecto que estuve la excavación era prehistórica. En esta es diferente, cambia bastante el sistema, porque hablamos del siglo XVIII», recuerda Miriam Sánchez.
Rafa Varón, arqueólogo de Ondare Babesa, empresa dedicada a la arqueología y documentación y que dirige este campo de trabajo, le echa un cable. «Cuando llegamos, esto era sólo un montón de escombros, pero poco a poco va cogiendo forma. La cabaña no debía de ser muy alta», describe. «Los pastores de la Mesta que bajaban hacia la meseta castellana debieron encontrar este lugar, idóneo para traer a sus 9.000 cabezas. Establecieron una serie de cabañas. Esta es una de ellas», cuenta Varón.
Órgano y quesos
Pero no todo es trabajo en este campo, también hay tiempo para el disfrute y eso que los chicos han resultado ser «poco fiesteros», dice Haizea Quintas, coordinadora de la empresa socio-cultural Keima Animazio. Prefieren, asegura, las actividades culturales.
«El otro día fuimos a Bóveda. Nos encontramos un señor muy majo que nos enseñó el pueblo. También la iglesia y nos toco varias canciones en un órgano. Fue una visita muy curiosa», recuerda emocionada Miriam.
Taller de quesos o de grafitis, excursiones vespertinas a las piscinas de los pueblos de Valparaíso o Sobrón, rutas guiadas por Vitoria o montar a caballo son algunas de las actividades que les han programado para estos quince días. Y los voluntarios aprovechan minuto a minuto. «Les planteamos salir a bailar una noche de estas, además ahora que son fiestas en algunos de los pueblos de la zona. Para nuestra sorpresa, dijeron que no», cuenta Laura Morenos, responsable de la empresa Keima.


