EL PATRIMONIO DE LOS TRES CERDITOS por José Carlos Marín (El Correo, 28 de mayo de 2013)

EL PATRIMONIO DE LOS TRES CERDITOS
por José Carlos Marín (El Correo, 28 de mayo de 2013)

Había una vez tres cerditos en cuyo pueblo había un molino, una ermita y un antiguo puente. Lo de “patrimonio cultural” les sonaba raro; habían crecido junto a ellos y les tenían cariño. 


Querían protegerlos del lobo, que iba a destruirlos; es lo que se espera de un lobo. Para ello, necesitaban la ayuda de sus vecinos.


El primer cerdito les prometió: “El molino nos hará ricos”. Un hábil contable calculó que, cuando viniera gente a ver el molino, ganarían cuatro doblones por cada doblón invertido.


Se pusieron a la tarea. Gastaron su dinero confiando en que empezara a multiplicarse.


Pero nadie pagaba por venir a ver el molino. El contable emigró y no quedó rastro de los doblones prometidos ni de los gastados. Sintiéndose estafados, abandonaron el molino.


El lobo vio que no haría falta matarse a soplar. Hizo algún estropicio por justificarse y dejó la tarea a la lluvia y al viento.

El segundo cerdito proclamó “La ermita nos hará famosos”. Encargó grandes proyectos, que salieron en los periódicos. Venían cerditos de otras tierras. Consiguieron premios. “Dicen que nuestra ermita es un «referente»”.


Con el tiempo, no hubo más premios; dejó de venir gente de otros pueblos, no había noticias para los periódicos; ya nadie hablaba de la ermita. Decepcionados, dejaron que el lobo, pero sobre todo las zarzas, la arruinasen.


El tercer cerdito reunió a sus vecinos. “Este es nuestro puente. No creo que sea romano, como dice mi
primo, pero nuestros abuelos paseaban por él y, si lo cuidamos, algún día pasearán nuestros nietos”. Compartiendo sus herramientas y trabajando todos un poco, dejaron el puente que daba gusto verlo.


Y llegó el lobo…

En 1870, el ayuntamiento de Lucca compró al estado italiano las murallas de la ciudad, evitando así su demolición. Sobre ellas discurre hoy un paseo que disfrutan los vecinos y envidiamos los visitantes.

Siete años antes, en aras del progreso, San Sebastián derribaba sus murallas a los acordes de un himno compuesto para la ocasión. Un siglo después, otro arrebato de modernidad arrasó la plaza de abastos de Vitoria.

Llegó entonces el furor conservacionista y, como la cultura no brota de un día para otro, se proclamó el dogma de la rentabilidad económica. Los vecinos aportarían los oportunos baños de masas, pero se abstendrían de opinar y dejarían trabajar a los expertos.

Vino Mr. Marshall, pero sólo de iba de paso, camino de la playa.

Durante quince años, he tenido el honor de compartir con Sebastián Bayo la dirección técnica de ARABARRI y el orgullo de pertenecer a un equipo admirable, en lo profesional y en lo personal. Juntos colaboramos en casi dos mil obras de rehabilitación, desde restauraciones de murallas hasta reformas de viviendas; mostramos nuestros pueblos a estudiantes, participamos en proyectos y compartimos
nuestra experiencia en Italia, Gran Bretaña o Turquía; incluso obtuvimos algún reconocimiento. El presupuesto acumulado en estos años fue de unos treinta millones de euros, similar al de la actual reforma de la Avenida de Gasteiz.

Quizá lo más entrañable de estos años fue celebrar con los vecinos de Labraza el premio “Walled Town of the Year” viendo “en familia” las fotos del viaje que muchos de ellos habían hecho a Gran Bretaña –pagado de su bolsillo- para recogerlo. Comprendimos allí que las murallas eran sus murallas y nuestra misión, ayudar a cuidarlas.

Lo de soplar tenía un punto vintage, pero era poco eficaz; el lobo llamó al zorro, famoso por su labia desde aquello del cuervo y el queso.


El zorro explicó a los vecinos que “con lo que estaba cayendo” (había oído la expresión en la tele) no podían dedicarse a cuidar su puente; debían centrarse en “lo verdaderamente importante”.


Resultó sorprendentemente fácil, y eso que -el mismo zorro lo admitió para sí- el puente tenía encanto. Nadie preguntó qué tenía que ver aquello que caía con su puente. Nadie contestó que cuidarlo no suponía tanto esfuerzo y que estaban orgullosos de verlo así cada día. “Amigo lobo, elegiste la persona idónea (bueno, el animal idóneo)”.

Llegamos a pensar que teníamos un puente a prueba de lobos. Pero ha bastado un año para borrar del mapa el trabajo de veinte.

La razón está clara, como en el caso del lobo: es lo que se espera de él. Unos nacen para componer sinfonías y otros, para destruir el trabajo ajeno. Pero ¿quién es aquí el lobo?

Quizá quien no diferencia un servicio público de un negocio, desprecia lo que no comprende y se rodea, para desarrollar sus grandiosos planes (soplar, básicamente), de colaboradores tan serviles como mediocres.

Acaso quien nombra a un incompetente para un cargo y no rectifica su clamoroso error por miedo a cometer otro.

Pero también quienes lo asumen con indiferencia o mansedumbre. Alcaldes y alcaldesas que, ante el espejismo del “gratis total”, no saben reconocer a un mero comisionista; quienes olvidan el compromiso con sus vecinos, que han cuidado su pueblo durante años.

Y quienes anteponen su estrategia al interés común, desdeñan los proyectos a largo plazo esperando a “cuando toque”, sin importar lo que para entonces sea irrecuperable.

Y los ciudadanos, que no exigimos que nuestros gobernantes cumplan su responsabilidad, les dejamos jugar con cosas que acaban rompiendo y toleramos su arrogancia, su incompetencia y su desprecio hacia quienes deberían servir. Que admitimos excusas económicas (¿y el dogma de la rentabilidad?) para demoler los pilares de la cultura. Que nos conformamos con que nuestros hijos sean simple mano
de obra sin ideas propias.

No nos preguntemos cómo se permitió el derribo de las murallas o de las plazas de abastos; preguntémonos qué estamos permitiendo nosotros.


Pocos inviernos después, una riada arrasó el viejo puente, ante la mirada desesperada del cerdito; los vecinos, en el bar, veían un partido de la Champions Pig.


Nadie llegó a aclarar qué era aquello “verdaderamente importante” en que debían centrarse.

José Carlos Marín es arquitecto. 
Durante 15 años, ha sido corresponsable de la Dirección Técnica de ARABARRI, la Sociedad Foral para la Gestión del Patrimonio Cultural Edificado de Álava

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